"- Gitana tuh meh quiereh?
- Mah que a mí!"
¿Se ha enterado alguien de que han arrestado a Doña Isabel Pantoja Martín? ¿Alguien sabe que ha declarado ante el juez Torres y que ha salido en libertad, tras pagar una fianza de 90.000 euritos? ¿Es posible que alguien conteste con un rotundo "no" a estas preguntas? Amigos, estamos, con toda probabilidad, ante la noticia la semana, del mes y, diría yo, del año. La verdad es que, desde hace bastante tiempo, la autora de este blog se encontraba entre los españoles que aun se preguntaban qué hacía esa señora paseándose por la calle (normalmente sin sujetador) sin ni siquiera haber pisado un juzgado para declarar. Es de todos sabido que, los que duermen sobre un mismo colchón se vuelven de la misma condición y, parece ser, que, debajo del de Muñoz y Pantoja, se escondían nueve mil y pico de euros destinados, supuestamente, a los gastos diarios del chalé.
Asistiendo todos los días a lo que asistimos, a esa profusión de mandíbulas apretadas, a esa cola negra tirantona y esas miradas se basilisco, es difícil echar la mirada atrás y recordar cómo era antes esta mujer. Posiblemente, ya al principio de su carrera, fue una soberbiona de pro, bastante interesada y marisabidilla, sin embargo, muchos nos preguntamos cómo es posible, no sólo que a medio país le caiga fatal Isabel Pantoja, sino que haya llegado a formar parte de la mayor red de corrupción de la historia de España.
Debo admitir que yo me crié con la música de la Pantoja. En mi casa, siempre ha sido una institución. Tiene un soberbio disco, donde se hace acompañar por Luis Cobos y que está dedicado a la copla más ancestral y bella llamado La Canción Española. Es bastante probable que me sepa de memoria la letra de todas las canciones que aparecen en ese antiguo vinilo. Son versiones de clásicos de la Piquer, Marifé o Juanita Reina; clásicos que todos conocemos y que hemos escuchado, a lo largo de nuestra vida, en miles de voces. No obstante, nadie canta copla como la Pantoja y, actualmente, nadie mueve la bata de cola como ella.
Aquí donde me veis, tan neurótica, rarita y anónima, yo iba para artista. Me descubrió una monja, en una excursión que hicimos, con el colegio, a una fábrica de "La Casera". Si Marisol estuviera muerta, hubiera podido ser perfectamente su reencarnación. Los recuerdos se confunden, sin embargo, me acuerdo de un micrófono y de una señora que pedía voluntarias para entretener a la audiencia (mis compañeras, que comían con avidez bocadillos acompañados con gaseosa de lima-limón). Y me ofrecí yo, ataviada con el odiado uniforme príncipe de gales, a cantar por ya-sabéis-quién: La Pantoja.
Después de mi primera actuación, citaron a mi madre para tratar el tema. La monja que me descubrió le hablaba emocionada sobre mí y se desahogó abiertamente con ella sobre su juventud perdida y sobre una vocación imposible encima de un escenario. Allí, pactaron mi carrera que consistiría en cantar en las fiestas de fin de curso del colegio, vestida de flamenca, cantando temas que no tuvieran demasiado contenido sexual entre estrofa y estrofa.
Cuando me mudé de casa y me cambié de colegio, poco a poco fui perdiendo cariño a la copla y a la religión. Dejé de ternerle eternos celos a Paquirrín por poder subir con su madre a los escenarios, dejé de escuchar el famoso disco y de observar hipnotizada la bata de cola de Isabel. Sin embargo, todavía me acuerdo de ella y de aquellos tiempos, a pesar de que me cueste mucho ver más allá de su odio y su soberbia actual. Aunque cada vez su voz sea más ronca y le cueste llenar escenarios, aunque termine yendo a la carcel víctima de su propia codicia, sigue siendo una artistaza.
Repasando su vida, tampoco es tan difícil vislumbrar por qué se ha convertido en la Margaret Tatcher española: La muerte de un marido, una condición sexual -posiblemente- no admitida, relaciones poco estables, compañías de dudosa reputación, una madre que está hasta en la sopa y un niño putero y drogadicto. Con menos, yo me habría suicidado hace tiempo. Para colmo, lo de la operación Malaya. Próximamente, en el chalé "Mi gitana", habrá que poner un cartel de advertencia: cuidado con el doberman.
Nostalgias aparte, manda narices el tinglado que tenían montado en Marbella. Supongo que no sólo en allí la gente se enriquece. No obstante, parece que sólo allí existen usurpadores de lo ajeno. La ciudad malagueña escenario fiel de lo que diferencia a un ladrón de un chorizo. El ladrón roba y se enriquece, al igual que el chorizo. Sin embargo, la diferencia se encuentra en los fines que se les da al dinero robado. Mientras que los ladrones se comportan de manera bastante "discreta" bien porque son personas con más de dos dedos de frente o porque eran, antes de robar, suficientemente ricos como para que no se note demasiado su apropiación, los chorizos, en cambio, son de otra catadura. Normalmente suelen ser "nuevos ricos" (término que por cierto odio usar) que bien, por falta de luces o por exceso de "horterismo" en sangre, se gastan el dinero en todo tipo excentricidades: Bañeras de 6.000 euros, animales disecados a granel, colección de relojes propia del Rey Fa... Es normal que les pillaran, era cuestión de tiempo y, claro, de cojones. No me quiero ni imaginar cuánto dinero le habrá puesto la mafia rusa a la cabeza del juez Torres...
- La Escapista es consciente que la palabra horterismo no existe y hace constar que, en la foto que corona su artículo, Isabel Pantoja no lleva sujetador (again!)