martes, junio 05, 2007

Otra vuelta de tuerca

Hace ya algunos años, mi vida dio una vuelta de tuerca. Se encontraba en uno de esos puntos de inflexión, que como en una campana de gaus, hace que una curva aparentemente cóncava, pase a ser convexa o viceversa. Dejé atrás, por lo tanto, mi existencia de persona normal. Digamos que me aparté de la vida que yo había llevado hasta entonces y a la que estaba acostumbrada. Durante aquel tiempo, conocí a personas muy diferentes a mí, que eran totalmente distintas a los amigos con los que siempre me había relacionado. Me moví, olí y ví cosas que hasta entonces sólo existían en mi imaginación y en el mundo de las leyendas tristes. Salía, hacía como que me divertía y, sobre todo, echaba muchísimo de menos mi vida anterior y -de alguna manera- la convertí en paradigma de la existencia que me gustaría vivir y que, desgraciadamente, no vivía.

Descuidé mucho mi aspecto. Me moría por arreglarme, por flirtear, por calzarme unos buenos tacones, por beber dentro de una discoteca llena de gente guapa, que posiblemente sólo tendrían en la cabeza una neurona que hacía eco al son de la última canción de Bisbal. Me miraba en el espejo y me veía preciosa, sin ningún tipo de maquillaje en el rostro y con la elegancia del desenfado. Sin embargo, en mi coco, se entretejían vagas excusas que me martilleaban el cerebro y me hablaban sobre una "juventud desaprovechada" y de "una belleza que pasaba desapercibida". Y me consumí. Se me murió la alegría y sacrifiqué el desenfado en pos de todas las cosas absurdas que mi mente no paraba de recitar. Me sumí en una auténtica espiral de tormentos, de la que nunca pensé que podría salir. Quería escapar, nada más que para escuchar mis pensamientos libres y comprobar si todavía me esperaba la existencia que había abandonado y si ésta estaba hecha para mí.

Pasó el tiempo y se produjeron cambios, otra vuelta de tuerca. Me encontré en los mismos lugares, con las personas que había abandonado, en los ambientes a los que había anhelado durante tanto tiempo regresar. Y cuando me quede parada frente a todas aquellas personas que, si antaño tuvieron algo que ver conmigo, ahora eran auténticos desconocidos, me di cuenta que no pertenecía a aquel mundo. Descubrí en mis propias carnes el significado de la expresión "pasada de rosca". No sabía cómo comportarme, no sabía ni a dónde mirar. Si me sentía observada, quería esconderme del ojo que miraba y, si era yo la que tenía que mirar, me avergonzaba y dirigía la vista a otro punto. Ellos y yo. Éramos, sin duda, mundos opuestos, sin remedio.

Entre aquella amalgama de gente que olía a tabaco rubio y a colonia-imitación de Calvin Klein, no pude evitar echar la vista atrás y recordar mi vida anterior. Eché de menos, por qué no decirlo, todo por lo que anteriormente me quejaba: mis noches aburridas de botellón, aquellas gambas asquerosas los viernes por la noche en aquel bar de Triana, incluso, las misteriosas idas de algunos a un coche en plena fiesta y la música rayante de aquella odiosa discoteca con restos de coca en los lavabos. Sé que en esta vida, el secreto reside en adaptarse a toda cosa. Es el mantra de los ganadores. El problema es que nos vamos haciendo mayores y cada curva en esta espiral sin sentido, es más ardua y más trabajosa de afrontar. Ganaré, estoy segura. Nunca pensé que, finalmente, echaría de menos aquello que tanto detesto...

2 comentarios:

trabancos dijo...

Uno puede ir a pescar a mares lejanos, pero siempre acaba echando de menos las aguas que bañan el puerto de donde salió..., muchos hemos vivido otras vidas y visto otros mundos en éste aunque, a veces, nos haya costado regresar...

Tony dijo...

Siempre deseamos lo que no tenemos pero no por ello es lo mejor... Creo que cada cosa tiene su tiempo y según nos vamos haciendo mayores añoramos épocas de juventud, pero también porque hemos madurado y nos damos cuenta de ello...

Saludos.